martes, julio 03, 2007

Barrotes

Mientras se escapaban las últimas letras de aquella tarde que había pasado encerrado en una sala de cine, empecé a pensar en unas palabras de la protagonista de la película que acababa de ver. Como un zahir, las palabras resonaban una y otra vez en mi mente mientras salía del viejo cine al que ya casi nadie iba.
Era aquél uno de esos cines a los que uno puede llegar caminando, con butacas de terciopelo rojo y luces redondas como ojos de buey en las paredes, que se apagan paulatinamente a medida que da comienzo la proyección.
Transcurrida aproximadamente una hora de película, me había quedado dormido un momento y al despertarme sobresaltado sin recordar dónde estaba, me encontré de frente y a oscuras con la protagonista mirándome fijamente desde la pantalla mientras me decía poco a poco: “miente y di que no me quieres”. Obsesionado con aquella expresión enorme, fui incapaz de prestar atención al resto de la historia.
Llovía en el camino de vuelta a mi casa y los sonidos de una canción que salía del reproductor de mp3 guardado en mi bolsillo acariciaban mi oreja. Yo, que soy de los que no acostumbran a correr bajo la lluvia, me tomé con calma el regreso a casa mientras el agua me empapaba hasta los huesos. Seguía pensando en las palabras y la pose de la mujer del cine. Con tanta calma me lo tomé, que no pude evitar detenerme frente a una pantalla que llamó mi atención en un escaparate. Pero lo que me había hecho detenerme no era la pantalla en sí misma, sino las imágenes que en ella se proyectaban.
Con la nitidez que caracteriza a uno de aquellos modernos monitores de plasma, podía ver a 3 hombres sacando el cuerpo de una persona de un montón de escombros humeantes. La angustia y la desesperación se palpaban en los gestos y rostros de aquellos hombres, que sentían el temor que se debe sentir cuándo en un suspiro una vida se te puede escapar de entre las manos. Las arrugas – esas arrugas que ya no se irán- en la frente de una de esas personas reflejaban la incomprensión y la impotencia ante la bomba que había causado aquella masacre. Mientras, a mi alrededor, seguía lloviendo (no sé dónde se había metido el sol aquella tarde).
Me sentí entonces cómo si estuviera tras unos barrotes. Unos barrotes que separaban una concepción del mundo de otra. En un lado, llueve y en otro las vidas saltan por los aires. En uno, las palabras de una mujer ficticia resuenan incesantemente en mi cabeza y en otro, son bombas de verdad las que resuenan en la cabeza de las personas. En uno está la libertad y en el otro la cárcel.
Pero hay algo que me asusta: soy incapaz de concretar en que lado de los barrotes se encuentra realmente la cárcel y sobretodo, soy incapaz de concretar en que lugar de los barrotes me encuentro yo, si en el del preso o en el del celador.
PD: Això ho vaig començar a escriure fa temps per a un concurs literari. Va quedar inacabat.

1 Comments:

Blogger Joana said...

Doncs ja trigues massa....
Petonet.

10:29 a. m., julio 05, 2007  

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