lunes, noviembre 20, 2006

Hombre que mira al fondo

Todos los años tienen aquellos meses en los que la gente trabajadora se despierta temprano para salir a la calle bajo un cielo que todavía no está amanecido del todo, de color gris y aires fríos cómo el cristal. Mientras pasan las horas, vamos engañando al tiempo con frenética actividad que termina al cabo de la tarde para, salir a la calle y regresar a casa envueltos en la oscuridad de la noche.

Mientras tanto, cojes aire y saludas a un conocido del que hace tiempo que no sabes nada. Charlar un poco es gratificante. Lo malo es llegar al final del día para darte cuenta de que muchas cosas te parecen insustanciales y te han aportado poco en el global de todo lo que aprecias. Algo así como una sensación de que sin haber perdido el tiempo, no has sido capaz de aprovecharlo del todo y es entonces cuándo te gustaría estar en otro lugar, aunque sólo fuera un rato, con otra gente y otras cosas por hacer y por pensar.

Antes, ésta clase de días me traían momentos que me gustaban. El frío, la compañía, el tiempo, la esquina, la charla, la sombra, el caminar por las mismas calles... esas calles que elegiría si, cómo dice el poeta, yo pudiera elegir mi paisaje. Sin embargo, ya no me queda nada de eso y casi nada es tan sólo lo que ahora traen.

Ahora me gustan de otra manera. Dicen que nada permanece, todo cambia. Y, sin darnos cuenta, de una u otra manera lo primero que cambia somos nosotros mismos.

2 Comments:

Blogger Porrorin said...

No hay peor mal que la indiferencia de los buenos.
Ya lo dice la canción “ ...cuantas veces al día, merecemos la muerte?”

6:57 p. m., noviembre 22, 2006  
Anonymous Anónimo said...

La millor conclusió que podries haver tret mai: la última frase del teu escrit. FELICITATS

10:16 p. m., noviembre 24, 2006  

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