viernes, enero 02, 2009

Memoria del año nuevo

Las historias entrelazadas que a menudo nos regala la vida muchas veces se convierten en testigo mudo de nuestra propia memoria. Precisamente siempre pensé que la memoria era una de las pocas cosas de mí mismo que tenía en cierta y auténtica consideración, y es que en multitud de ocasiones ésta siempre me había dado una leve ventaja para reconocer a mi alrededor un mundo colmado de detalles y sensaciones únicas.
Pero a veces la memoria nos juega malas pasadas, bien por falta o por exceso. Cuándo nos falta, porque nos decepciona y nos regala lamentos e improperios por falta del recuerdo, nos crea impotencia, resulta frustrante... pero por exceso... créanme, en ocasiones por exceso puede resultar terrible.
Cuándo por azares del destino se nos cruza en el camino algo que comienza siendo irrelevante, sin importancia, pero que paulatinamente y sin darnos cuenta se convierte en un zahir, entonces el exceso de memoria se convierte en una dulce tortura que nos retiene y nos envuelve con su manto. El zahir, tan extraño y tan escaso, se convierte entonces en algo inolvidable, notorio, visible en cualquier forma, momento y lugar. Su influjo resulta sorprendente, fugaz, efímero y perenne al mismo tiempo.
Pero por fortuna, uno no se topa cada día con un zahir. Ni tampoco cada año. Quizás por eso, cuándo un nuevo año da comienzo, se acostumbran a heredar los tiernos y dulces zahires guardados en el pasado, fiel reflejo de lo vivido y conocido y también sombra misteriosa de todo lo que nos queda por vivir.
Feliz año nuevo, cada uno con sus zahires.